PRESENTACIÓN DE NUESTRO BLOG

bLOG-PRESENTACIÒN

Domingo V de Cuaresma Ciclo C

V Dom de Cuaresma C

Isaías 43, 16-21
Sal 125
Filipenses 3, 8-14
Juan 8, 1-11
the passion of the christ - bellucci 03

El anuncio de la misericordia de Dios en Cristo Jesús como principio de auténtica conversión y como fuerza verdaderamente renovadora es el tema destacado en el V Domingo de Cuaresma. La liturgia nos invita hoy a acoger las cosas nuevas que el Señor quiere hacer por nosotros.
En la Escritura, Dios se revela novedad absoluta, creador incansable de nuevos horizontes de vida y de nuevos caminos de esperanza para la humanidad. El profeta Isaías, el profeta del exilio, nos invita a mirar lo nuevo que Dios va gestando en medio de lo cotidiano. Dios da un nuevo futuro a los hijos de Israel deportados a Babilonia y, por eso, anuncia la realización de cosas nuevas en la vida del pueblo. Se trata de un nuevo éxodo cuya importancia es tal que el profeta pide al pueblo olvidar las cosas pasadas para ver lo nuevo de Dios en su historia (primera lectura). Pablo, alcanzado por Cristo, corre hacia la meta, “olvidando lo que ha dejado atrás”. “Aquí, sin embargo, “olvidar” no significa “anular los hechos del pasado” sino “lanzar una mirada al futuro de lo nuevo que Dios suscita”. (segunda lectura). En el evangelio, a una pobre mujer pecadora, acusada por todos, a punto de ser condenada a muerte, Jesús le abre a los horizontes de una nueva vida nueva. La misericordia de Jesús se abstiene de juzgar o condenar y, en su lugar, ofrece una experiencia de misericordia y conversion (evangelio).
Los tres textos, en realidad, pueden ser leidos como testimonios del cambio que la acción misericordiosa de Dios produce en la historia de su pueblo (1a lectura) y en la existencia de las personas (Pablo, la mujer pecadora).

La primera lectura (Is 43,16-21) está tomada del profeta Isaías que desarrolló su ministerio de consolación en medio de un pueblo marcado por el dolor y la falta de esperanza. En las palabras que leemos este domingo, el profeta inviata al pueblo a “no recordar” (hebreo, ’al tizkkeru) los grandes eventos salvadores que Dios ha realizado a su favor en el pasado. La exhortación es paradójica, pues el verbo “recordar” (en hebreo, zakar) constituye el núcleo de la fe de Israel que, según la ley de Moisés, deberá siempre recordar todo lo que el Señor ha hecho por ellos en el pasado (Dt 7,18; 16,3; etc.) y celebrar el memorial (en hebrero, zikkarôn) de la liberación de la esclavitud de Egipto (Ex 12,14; 13,9). El profeta parece contradecir lo que manda la ley: “No recordéis las cosas del inicio, no penséis en las cosas pasadas” (v. 18). Hay que mirar también al futuro.
El Señor de Israel no es sólo el Dios del éxodo antiguo, cuando “abrió un camino en el mar” y “dejó tendido a un poderoso ejército de soldados” (vv. 16-17); es también el Dios de las promesas y el Dios del futuro: “Mirad, estoy haciendo algo nuevo, ya está brotando” (v. 19). El primer éxodo no será nada en comparación con el segundo. Si en el pasado Dios abrió una senda en el mar, ahora convertirá el desierto en un camino llano y hará correr ríos en la estepa para dar de beber al pueblo (vv. 19-21).
La historia y la vida personal de cada ser humano no se construye sólo mirando atrás, aunque se trata de un pasado glorioso! No se puede vivir de la nostalgia de tiempos mejores. Cada creyente, al igual que Israel, está llamado, sí, a recordar y a celebrar el pasado, pero no para quedarse estancado y vivir de añoranzas, anquilosados en tiempos que no volverán, sino para reafirmar la fe y la esperanza en un Dios que es capaz de crear siempre un futuro mejor.

La segunda lectura (Fil 3,8-14) se sitúa en el contexto de la bella confesión de Pablo, que canta la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús. Todo el texto está construido sobre la antítesis que provocó en la vida de Pablo su experiencia de encuentro con el Resucitado. Desde el momento en que Pablo encontró a Cristo, se dio cuenta que lo único que contaba era “conocerlo y experimentar el poder de su resurrección” (v. 10). Es entonces cuando comienza su “carrera”, “olvidando lo que dejó atrás”, hacia “el premio al que Dios lo llama desde lo alto en Cristo Jesús” (vv. 11-14). Para Pablo, Cristo ha representado la salvación realizada, aquella que Dios ofrece gratuitamente a todos los hombres que creen en él. Por eso quiere “ser encontrado en él” (v. 9).
Por eso, además, el apóstol “considera que todo es pérdida si se compara con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” y que “todo es estiércol en comparación de ganar a Cristo” (vv. 8-9). Pablo ha sacrificado todo su pasado religioso de fariseo observante. Ha elegido a Cristo y ahora todo lo considera pérdida fuera de Él. Ahora vive una forma nueva de experiencia de Dios. Vive de la fe en Cristo que le ofrece gratuitamente el don de la salvación. Este camino, sin embargo, es exigente. Pablo es consciente de haber sido “alcanzado” por Cristo; por eso él, a su vez, vive totalmente empeñado en “alcanzar” a Cristo (vv. 12-14). La imagen deportiva de la carrera (v. 14) expresa la dedicación total del atleta, empeñado en un esfuerzo continuo, incansable, perseverante por alcanzar la meta. Para Pablo, la meta es Cristo Resucitado.

El evangelio (Jn 8,1-11) narra el episodio de la mujer sorprendida en adulterio, a la que los fariseos y maestros de la ley están dispuestos a apedrear, pero que Jesús perdona.
Un día muy temprano, cerca del Templo, unos fariseos y maestros de la ley llevan a Jesús una mujer que había sido hallada en “flagrante adulterio” (v. 4), alegando que según la ley de Moisés debe morir apedreada. Efectivamente así está escrito en la Toráh: “Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos, tanto la mujer como el que se acostó con ella. Así extirparás el mal de Israel” (Dt 22,22; cf. Lv 20,10). Llama la atención, sin duda, según narra el evangelio, que al centro de la acusación aparece sólo de la mujer y se evita mencionar a su cómplice, el adúltero; además, los especialistas en la ley sólo mencionan el castigo como aplicable a las mujeres adúlteras (“tales mujeres deben morir apedreadas”). Se trata de un uso amañado de la Ley para poner a Jesús en aprietos: “Le preguntarlo para ponerlo a prueba” v. 6 (en griego, pierazontes = tentar, llevar a la tentación). Si Jesús diera la razón a los acusadores, estaría avalando un comportamiento contrario a su praxis de misericordia; pero si los contradijera, podría ser señalado como enemigo de la Ley de Moisés y podría perder toda autoridad moral como maestro en Israel. La mala intención de los fariseos y los maestros de la Ley se revela también por la escogencia del ambiente en el cual van al encuentro de Jesús: en el Templo, seguramente ante la guardia lista para apresarlo si se suscitaba algún comportamiento anómalo!
Jesús no responde, sino que se pone a escribir con el dedo en tierra. ¿Podría tener significado simbólico este gesto? Al menos, dos: a) Toda escritura tiene pretensión de durabilidad pero la escritura sobre la tierra desaparece. ¿No será una acción profética que muestra el destino de la ley de Moisés? b) Jeremías dice “Serán escritos en la tierra los que han abandonado al Señor”. Luego, Jesús estaría denunciando la actitud cruel y falsa de los fariseos y de los doctores de la Ley: manipulan una mujer para poner a prueba a Jesús! Lo más importante en el relato, sin embargo, no es el hecho de que Jesús escriba en tierra (el texto no abunda en estos detalles!) sino en interpretar sus gestos y en entender sus palabras como respuesta de misericordia ante los que quieren condenan a muerte a la adúltera anónima.
Después de un largo silencio Jesús les responde. En realidad a ellos no les interesa tanto la mujer, sino la reacción de Jesús. Es entonces cuando les dice: “Aquel que de vosotros no tenga pecado, que le tire la primera piedra” (v. 7). La respuesta es audaz porque evita cualquier signo de rechazo a la Ley (Jesús no parece desautorizar en forma directa la práctica de la lapidación, aunque sus palabras supongan, en realidad, la superación de la Ley a través de su gesto misericordioso!). Dado que de lo que se trata es de “extirpar el mal de Israel” (Dt 22,22), según el espíritu auténtico del versículo del Deuteronomio, cada uno puede empezar a verse sí mismo. Jesús critica y denuncia con fuerza la autoridad moral de aquellos “jueces” que, irónicamente, queriendo condenar a la mujer, se han condenado a sí mismos.
Todos se fueron alejando y dejaron solo a Jesús con la mujer, “que continuaba allí frente a él” (v. 9) y tiene lugar, entonces, un diálogo conmovedor. Entonces Jesús, el único que podía haber tirado la piedra, le dijo: “Tampoco yo te condeno, puedes irte, y en adelante no peques más” (v. 11). Jesús no ha venido a condenar o a juzgar, sino a hacer possible una nueva vida, un nuevo comienzo, una nueva creación. Por eso, encuentra en esta circunstancia el modo de liberar a aquella mujer, sin contradecir, no obstante, la ley de Moisés. Jesús respeta y defiende a aquella mujer, aunque por pecadora mereciera –según la Ley- un trato diferente. La actitud de Jesús hacia ella está llena de compasión y de amor. El gesto y las palabras de Jesús revelan hasta dónde llega la misericordia de Dios que en él se revela y se dona a los hombres. El perdón ofrecido a la mujer no sólo le devuelve su dignidad de persona, sino que le ofrece la posibilidad de reiniciar su existencia en forma nueva.
La enseñanza de Jesús vale para todos. Que nadie tire piedras contra nadie, porque todos somos pecadores. Empecemos por “extirpar el mal” de nosotros mismos, según el espíritu de la ley de Moisés en Dt 22,22. Aquella mañana Jesús emitió un juicio válido para siempre. Ha quedado claro que él está de parte de los débiles y en contra de los que oprimen en nombre de leyes y normas. Él es el auténtico liberador del hombre porque indica que la fuerza de auténtica conversion es el amor misericordioso. Evitó condenar e invitó a rechazar el legalismo que oprime, el fariseísmo que fomenta la hipocresía religiosa y la intolerancia cruel que señala con el dedo, juzgando o marginando a los demás.
Jesús, finalmente, no se contenta con liberar a la mujer del castigo que indicaba la ley, sino que además, le enseña el camino justo que debe tomar, la nueva vida que debe iniciar: “Vete y, en adelante, no peques más”. Estas palabras constituyen, de hecho, un programa de vida, un nuevo derrotero.

Mensaje para la cuaresma 2013

Creer en la Caridad Suscita Caridad

Miércoles de Ceniza y apertura cuaresmal en el Seminario por la Conferencia Episcopal de Honduras

Miércoles de Ceniza y apertura cuaresmal en el Seminario por la Conferencia Episcopal de Honduras

«Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16)
Queridos hermanos y hermanas:
La celebración de la Cuaresma, en el marco del Año de la fe, nos ofrece una ocasión preciosa para meditar sobre la relación entre fe y caridad: entre creer en Dios, el Dios de Jesucristo, y el amor, que es fruto de la acción …del Espíritu Santo y nos guía por un camino de entrega a Dios y a los demás.

1. La fe como respuesta al amor de Dios
En mi primera Encíclica expuse ya algunos elementos para comprender el estrecho vínculo entre estas dos virtudes teologales, la fe y la caridad. Partiendo de la afirmación fundamental del apóstol Juan: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16), recordaba que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva… Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro» (Deus caritas est, 1). La fe constituye la adhesión personal ?que incluye todas nuestras facultades? a la revelación del amor gratuito y «apasionado» que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo. El encuentro con Dios Amor no sólo comprende el corazón, sino también el entendimiento: «El reconocimiento del Dios vivo es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. Sin embargo, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado» (ibídem, 17). De aquí deriva para todos los cristianos y, en particular, para los «agentes de la caridad», la necesidad de la fe, del «encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad» (ib., 31a). El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y movido por este amor ?«caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14)?, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo (cf. ib., 33). Esta actitud nace ante todo de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona, incluso nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios.

«La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor… La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz ?en el fondo la única? que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar» (ib., 39). Todo esto nos lleva a comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente «el amor fundado en la fe y plasmado por ella» (ib., 7).

2. La caridad como vida en la fe
Toda la vida cristiana consiste en responder al amor de Dios. La primera respuesta es precisamente la fe, acoger llenos de estupor y gratitud una inaudita iniciativa divina que nos precede y nos reclama. Y el «sí» de la fe marca el comienzo de una luminosa historia de amistad con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido. Sin embargo, Dios no se contenta con que nosotros aceptemos su amor gratuito. No se limita a amarnos, quiere atraernos hacia sí, transformarnos de un modo tan profundo que podamos decir con san Pablo: ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (cf. Ga 2,20).
Cuando dejamos espacio al amor de Dios, nos hace semejantes a él, partícipes de su misma caridad. Abrirnos a su amor significa dejar que él viva en nosotros y nos lleve a amar con él, en él y como él; sólo entonces nuestra fe llega verdaderamente «a actuar por la caridad» (Ga 5,6) y él mora en nosotros (cf. 1 Jn 4,12).
La fe es conocer la verdad y adherirse a ella (cf. 1 Tm 2,4); la caridad es «caminar» en la verdad (cf. Ef 4,15). Con la fe se entra en la amistad con el Señor; con la caridad se vive y se cultiva esta amistad (cf. Jn 15,14s). La fe nos hace acoger el mandamiento del Señor y Maestro; la caridad nos da la dicha de ponerlo en práctica (cf. Jn 13,13-17). En la fe somos engendrados como hijos de Dios (cf. Jn 1,12s); la caridad nos hace perseverar concretamente en este vínculo divino y dar el fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22). La fe nos lleva a reconocer los dones que el Dios bueno y generoso nos encomienda; la caridad hace que fructifiquen (cf. Mt 25,14-30).

3. El lazo indisoluble entre fe y caridad
A la luz de cuanto hemos dicho, resulta claro que nunca podemos separar, o incluso oponer, fe y caridad. Estas dos virtudes teologales están íntimamente unidas por lo que es equivocado ver en ellas un contraste o una «dialéctica». Por un lado, en efecto, representa una limitación la actitud de quien hace fuerte hincapié en la prioridad y el carácter decisivo de la fe, subestimando y casi despreciando las obras concretas de caridad y reduciéndolas a un humanitarismo genérico. Por otro, sin embargo, también es limitado sostener una supremacía exagerada de la caridad y de su laboriosidad, pensando que las obras puedan sustituir a la fe. Para una vida espiritual sana es necesario rehuir tanto el fideísmo como el activismo moralista.
La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios. En la Sagrada Escritura vemos que el celo de los apóstoles en el anuncio del Evangelio que suscita la fe está estrechamente vinculado a la solicitud caritativa respecto al servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-4). En la Iglesia, contemplación y acción, simbolizadas de alguna manera por las figuras evangélicas de las hermanas Marta y María, deben coexistir e integrarse (cf. Lc 10,38-42). La prioridad corresponde siempre a la relación con Dios y el verdadero compartir evangélico debe estar arraigado en la fe (cf. Audiencia general 25 abril 2012). A veces, de hecho, se tiene la tendencia a reducir el término «caridad» a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria. En cambio, es importante recordar que la mayor obra de caridad es precisamente la evangelización, es decir, el «servicio de la Palabra». Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios: la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana. Como escribe el siervo de Dios el Papa Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio, es el anuncio de Cristo el primer y principal factor de desarrollo (cf. n. 16). La verdad originaria del amor de Dios por nosotros, vivida y anunciada, abre nuestra existencia a aceptar este amor haciendo posible el desarrollo integral de la humanidad y de cada hombre (cf. Caritas in veritate, 8).
En definitiva, todo parte del amor y tiende al amor. Conocemos el amor gratuito de Dios mediante el anuncio del Evangelio. Si lo acogemos con fe, recibimos el primer contacto ?indispensable? con lo divino, capaz de hacernos «enamorar del Amor», para después vivir y crecer en este Amor y comunicarlo con alegría a los demás.
A propósito de la relación entre fe y obras de caridad, unas palabras de la Carta de san Pablo a los Efesios resumen quizá muy bien su correlación: «Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos» (2,8-10). Aquí se percibe que toda la iniciativa salvífica viene de Dios, de su gracia, de su perdón acogido en la fe; pero esta iniciativa, lejos de limitar nuestra libertad y nuestra responsabilidad, más bien hace que sean auténticas y las orienta hacia las obras de la caridad. Éstas no son principalmente fruto del esfuerzo humano, del cual gloriarse, sino que nacen de la fe, brotan de la gracia que Dios concede abundantemente. Una fe sin obras es como un árbol sin frutos: estas dos virtudes se necesitan recíprocamente. La cuaresma, con las tradicionales indicaciones para la vida cristiana, nos invita precisamente a alimentar la fe a través de una escucha más atenta y prolongada de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos y, al mismo tiempo, a crecer en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo, también a través de las indicaciones concretas del ayuno, de la penitencia y de la limosna.

4. Prioridad de la fe, primado de la caridad
Como todo don de Dios, fe y caridad se atribuyen a la acción del único Espíritu Santo (cf. 1 Co 13), ese Espíritu que grita en nosotros «¡Abbá, Padre!» (Ga 4,6), y que nos hace decir: «¡Jesús es el Señor!» (1 Co 12,3) y «¡Maranatha!» (1 Co 16,22; Ap 22,20).
La fe, don y respuesta, nos da a conocer la verdad de Cristo como Amor encarnado y crucificado, adhesión plena y perfecta a la voluntad del Padre e infinita misericordia divina para con el prójimo; la fe graba en el corazón y la mente la firme convicción de que precisamente este Amor es la única realidad que vence el mal y la muerte. La fe nos invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del amor de Cristo alcance su plenitud. Por su parte, la caridad nos hace entrar en el amor de Dios que se manifiesta en Cristo, nos hace adherir de modo personal y existencial a la entrega total y sin reservas de Jesús al Padre y a sus hermanos. Infundiendo en nosotros la caridad, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la abnegación propia de Jesús: filial para con Dios y fraterna para con todo hombre (cf. Rm 5,5).
La relación entre estas dos virtudes es análoga a la que existe entre dos sacramentos fundamentales de la Iglesia: el bautismo y la Eucaristía. El bautismo (sacramentum fidei) precede a la Eucaristía (sacramentum caritatis), pero está orientado a ella, que constituye la plenitud del camino cristiano. Análogamente, la fe precede a la
caridad, pero se revela genuina sólo si culmina en ella. Todo parte de la humilde aceptación de la fe («saber que Dios nos ama»), pero debe llegar a la verdad de la caridad («saber amar a Dios y al prójimo»), que permanece para siempre, como cumplimiento de todas las virtudes (cf. 1 Co 13,13).
Queridos hermanos y hermanas, en este tiempo de cuaresma, durante el cual nos preparamos a celebrar el acontecimiento de la cruz y la resurrección, mediante el cual el amor de Dios redimió al mundo e iluminó la historia, os deseo a todos que viváis este tiempo precioso reavivando la fe en Jesucristo, para entrar en su mismo torrente de amor por el Padre y por cada hermano y hermana que encontramos en nuestra vida. Por esto, elevo mi oración a Dios, a la vez que invoco sobre cada uno y cada comunidad la Bendición del Señor.

Vaticano, 15 de octubre de 2012
BENEDICTUS PP. XVI

EXPLICACIÓN DEL LOGO DEL AÑO DE LA FE

ORACIÓN PARA EL AÑO DE LA FE

LA PROFESIÓN DE LA FE COMO UNA ORACIÓN DIARIA

PARA EL AÑO DE LA FE

“Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con los labios se profesa para alcanzar la salvación” (Rm 10,10).

Para que el año de la fe pueda llevar a todos los creyentes a aprender de memoria el Credo, a recitarlo todos los días como oración, de manera que la respiración se acompase con la fe”. [SUBSIDIO PASTORAL PARA EL AÑO DE LA FE]

Credo de Nicea-Constantinopla

Creo en un sólo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.
Creo en un sólo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajo del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.
Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.
Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un sólo Bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

POR QUÉ UN AÑO DE LA FE – EL DERECHO DE DIOS

Por qué un Año de la fe

El derecho de Dios

 

¿Por qué un Año de la fe? La pregunta no es retórica y merece una respuesta, sobre todo de cara a la gran espera que se está registrando en la Iglesia para tal evento.
Benedicto XVI dio un primer motivo cuando anunció la convocación: «La misión de la Iglesia, como la de Cristo, es esencialmente hablar de Dios, hacer memoria de su soberanía, recodar a todos, especialmente a los cristianos que han perdido su propia identidad, el derecho de aquello que le pertenece, es decir, nuestra vida. Precisamente para dar un renovado impulso a la misión de toda la Iglesia de conducir a los hombres fuera del desierto en el que a menudo se encuentran hacia el lugar de la vida, la amistad con Cristo que nos da la vida en plenitud».
Esta es la intención principal. No hacer caer en el olvido el hecho que caracteriza nuestra vida: creer. Salir del desierto que lleva consigo el mutismo de quien no tiene nada que decir, para restituir la alegría de la fe y comunicarla de manera renovada.
Por tanto, este año se extiende en primer lugar a toda la Iglesia para que, de cara a la dramática crisis de fe que afecta a muchos cristianos, sea capaz de mostrar una vez más y con renovado entusiasmo el verdadero rostro de Cristo que llama a su seguimiento.
Es un año para todos nosotros, para que en el camino perenne de fe sintamos la necesidad de reforzar el paso, que a veces se hace lento y cansado, y hacer que el testimonio sea más incisivo. No pueden sentirse excluidos cuantos tienen conciencia de su propia debilidad, que a menudo toma las formas de la indiferencia y del agnosticismo, para encontrar de nuevo el sentido perdido y para comprender el valor de pertenecer a una comunidad, verdadero antídoto a la esterilidad del individualismo de nuestros días.
De todas maneras, en «Porta fidei» Benedicto XVI escribió que esta «puerta de la fe está siempre abierta». Lo que significa que ninguno puede sentirse excluido del ser provocado positivamente sobre el sentido de la vida y sobre las grandes cuestiones que golpean sobre todo en nuestros días por la persistencia de una crisis compleja que aumenta los interrogantes y eclipsa la esperanza. Hacerse la pregunta sobre la fe no equivale a alejarse del mundo; más bien, hace tomar conciencia de la responsabilidad que se tiene hacia la humanidad en esta circunstancia histórica.
Un año durante el cual la oración y la reflexión podrán conjugarse más fácilmente con la inteligencia de la fe de la que cada uno debe sentir la urgencia y la necesidad. De hecho, no puede ocurrir que los creyentes sobresalgan en los diversos ámbitos de la ciencia, para hacer más profesional su compromiso laboral, y encontrarse con un débil e insuficiente conocimiento de los contenidos de la fe. Un desequilibrio imperdonable que no permite crecer en la identidad personal y que impide saber dar razón de la elección realizada.

16 de mayo de 2012

Rino Fisichella

Talentos Musicales en Nuestra Casa SMNSS

Felicitamos a nuestro hermano Jiuver Misael Herrera por su primera producción discográfica titulada “Dueño de mi vida” que el Señor le siga acompañando.

Felicitamos a nuestro hermano Dorian Vigil, por su talento puesto al servicio del reino de Dios con su albúm titulado ” Quien Podrá Separarme” Dios le acompañe en este camino.

El éxito de su primera producción le ha llevado a continuar en esta obra de evangelizar a través de la música y esta vez con su segundo álbun “La Respuesta” que Dios le bendiga grandemente a nuestro hermano Mauricio Pérez

Cincuenta años de formar obreros para el Señor SMNSS

5o Años Formando Presbíteros Según el Corazón de Dios

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Seminario Mayor visto desde el aéreo.

En el año 1962 nace el Seminario Mayor con el nombre de  Nuestra Señora de Suyapa con carácter interdiocesano. Para el año de 1966, los padres de las Misiones Extranjeras de Quebec (Javerianos), contando siempre con el auxilio de algún sacerdote hondureño, asumen la responsabilidad de guiar la formación de los futuros sacerdotes en Honduras, hasta 1996. Ya en 1997 la Conferencia Episcopal de Honduras confía la dirección del Seminario Mayor a la Provincia de Colombiana de los Padres Eudistas; y en manos de dicho Instituto permanece en la actualidad. Hoy, el Seminario Mayor Nuestra Señora de Suyapa está de fiesta al conmemorar sus cincuenta aniversario. Fides conversó con el Presbítero José Mario Bacci, rector de esta Casa de Formación quien desde el mes de enero funge como administrador, para él esta experiencia ha sido muy positiva y enriquecedora “Es una oportunidad  de colaboración mutua en la Iglesia, la congregación de Jesús y María de los padres Eudistas a la que yo pertenezco está presente aquí en el Seminario desde hace ya quince años”.

Formación El joven recibe una formación completa, así lo describe su rector, el Padre Bacci: “ El Seminario Mayor es una casa de formación sacerdotal,  es decir,  el joven que se siente llamado por el Señor a ser sacerdote encuentra aquí en el Seminario personas, recursos, espacios que están todos en función de ofrecerle al joven un camino de formación progresivo gradual que le permita vivir profundamente su vocación, profundizar también su discernimiento vocacional y finalmente prepararse para asumir en el futuro la misión como presbítero en la comunidad”. También el sacerdote, comentó que este Seminario básicamente se estructura en cuatro dimensiones fundamentales: “la primera la dimensión humana comunitaria, la dimensión espiritual, la dimensión intelectual y la dimensión pastoral. Éstas son las cuatro dimensiones que articulan la vida del Seminario; hay programas graduales que marcan un cierto proceso de formación desde el comienzo hasta el final, pero la base la ofrecen estos cuatro referentes fundamentales”.

Estudiantina, animando en un dia cultural.

Celebración Al conmemorar el cincuenta aniversario de este Seminario el presbítero opina: “Estos cincuenta años del Seminario significan que esta Casa de Formación ya ha ganado un espacio sólido en el panorama eclesial de la vida de la Iglesia hondureña de manera que el Seminario ya es una obra consolidada en el tiempo. Cincuenta años también significan que el esfuerzo y la dedicación de mucha gente que puso en marcha este proyecto”. Previo a la celebración de este aniversario se realizaron muchas actividades que sirvieron de preámbulo para la gran fiesta del día domingo 28 de octubre donde se culminaría con una Eucaristía. Con mucho júbilo y con la presencia de decenas de feligreses amigos y bienhechores se celebró la Santa Eucaristía en ocasión de conmemorarse las Bodas de Oro del Seminario Mayor Nuestra Señora de Suyapa. La cita era a las diez de la mañana, pero desde tempranas horas se apostaron los autobuses que transportaron a muchos fieles procedentes de distintas partes del país para unirse a tan alegre celebración. Al entonarse el Canto de Entrada dio inicio la celebración con una pequeña procesión encabezada por la imagen de la Virgen Nuestra Señora de Suyapa, la cual fue conducida hacia el altar.

MensajeLa celebración fue presidida por Monseñor Rodolfo Valenzuela, originario de Guatemala y quien es un ex alumno de este Seminario. Él dijo en la Homilía: -“Quiero enviar también un saludo muy cordial y fraterno al Señor Cardenal Óscar Andrés Rodríguez y a mis hermanos Obispos de esta Conferencia Episcopal de Honduras y decirles que también desde los obispos de Guatemala nos alegramos, nos congratulamos con todos ustedes y con toda esta Iglesia de Honduras en los cincuenta años de este querido Seminario que ha ido creciendo y que ha dado muchos frutos a los largo de todo este tiempo”. -“Un Seminario que vemos el día de hoy con unos ojos llenos de esperanza y de alegría. Un Seminario que vemos con una memoria agradecida por los cincuenta años de trabajo, de seguimiento de Jesucristo y por el camino que nos espera y que seguirá adelante, con la fe y con la fuerza del Espíritu del Señor”. -Al referirse al Evangelio de ese día el Obispo dijo: “Lo que quiere Jesús no es hacernos milagros ni hacernos triunfar, Jesús lo que quiere es que le sigamos, y por eso es que les digo que en esta fiesta de los cincuenta años del Seminario Mayor Nuestra Señora de Suyapa,  nos viene bien este texto de la curación de Bartimeo, porque Bartimeo soy yo y somos mis compañeros ex alumnos del Seminario. Bartimeo, somos los seminaristas, Bartimeo somos los que queremos ser discípulos de Jesús”. -También acotó: “Hoy la fe también tiene dificultades y tenemos que pedirle al Señor como Bartimeo: “Señor que vea”, y que ojalá que nos pase como dice el Evangelio de San Marcos, que después le seguía por el camino”. -“Seguir a Jesús es entregar la vida, es servir, es pegar un salto, es tirar el manto por un lado y eso no toca a nosotros obispos, sacerdotes, religiosos. Hoy también es un día  de promoción vocacional en el Seminario, pero no olviden hermanos que les toca a todos y todas, todos en la Iglesia debemos de ser discípulos y misioneros” expresó. -Finalmente dijo: “Quiero dar gracias al Señor por cuantos dones hemos recibido en este Seminario Nuestra Señora de Suyapa todos los que hemos pasado por estas aulas, quiero dar gracias por aquellos que han entregado literalmente su vida en estos trabajos en el Seminario…quiero con todos ustedes también darle gracias  a Dios por todos los jóvenes que están ahora en el Seminario de Honduras”.

Monseñor Rodolfo Valenzuela, Obispo de Vera Paz, Guatemala y ex-alumno del Seminario Mayor

Así opinan los futuros presbíteros “Llegué al Seminario en el año 2005, curso el último año de Teología, cuando entré aquí entré con muchas ilusiones, mucha fe ha sido una experiencia maravillosa, aquí he experimentado mi encuentro con Dios y mis hermanos, la formación que aquí he recibido es muy completa se nos forma en el área comunitaria, intelectual, vocacional y pastoral, la formación es más que excelente. Manuel de Jesús Miranda (Diócesis de Santa Rosa de Copán).

“Yo llevo ya con este años introductorio tres años de proceso, esta es una experiencia muy bonita, se viven muchos retiros que nos ayudan a conocernos, uno llega aquí sin saber a veces que debilidades y qué cualidades tiene. Este año introductorio me ha servido para conocerme más  ya para profundizar en mi experiencia de Dios, la formación es buena uno siente que va creciendo y va construyendo su propio camino” Marlon Cruz Lazo (Diócesis de La Ceiba)

 

 

Por: Suyapa Guadalupe Banegas

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REVISTA CONMEMORATIVA

El ejemplar de nuestra revista conmemorativa del quinquagésimo aniversario

Bendicion de Su Santidad al Seminario Mayor en sus 50 años de fundación